“El problema no es solo técnico o tributario. Es un problema de contrato social".
En el Perú se dice que “tenemos baja recaudación” o “una
presión fiscal por debajo del promedio regional”. La frase suena técnica. Pero
es maliciosa y engañosamente incompleta.
Para demostrar que hay una baja recaudación los
especialistas usan un indicador que en Perú no sirve: La presión fiscal
—recaudación de impuestos como porcentaje del PBI— pero este dato no dice quién
paga, solo cuánto entra. Y ese es el primer truco. Evaluar la situación no
pensando en quien paga la cuenta sino en cuánto dinero entra al estado.
Cuando separamos la presión fiscal total de la presión
fiscal que recae sobre los formales, la historia cambia.
Mientras la presión fiscal total es aproximadamente de
15%, la presión fiscal sobre el formal supera el 40%. En simple, el estado no
puede recaudar más de 1.5 soles de 10 en general, pero le saca 4 soles de 10 a
la producción de los formales.
En Perú, menos del 30% de la economía es formal, y sobre
ese grupo reducido recae casi toda la recaudación. Es decir: no tenemos pocos
impuestos, tenemos pocos contribuyentes maltratados con una presión fiscal
alta.
¿Cómo puede haber analistas, centros de investigación
hablando de lo anterior sin distinguir presión fiscal total de presión fiscal
sobre formales?
Pero aparece un segundo problema, más grave. Hay una
regla elemental —económica, psicológica y moral— que se ignora: nadie le da más
dinero a una entidad que lo gestiona mal.
Nadie deposita más plata en un banco que pierde. Nadie le
da más ingredientes a un cocinero que no cocina. Nadie le da más gasolina a un
chofer que no conduce.
Y ningún ciudadano está dispuesto, voluntariamente, a
entregar más recursos a un Estado que desperdicia, captura o politiza lo que
recauda. Pero existen analistas que satanizan al que no paga como si fuera un
bandido.
Pedir más impuestos sin demostrar eficiencia, sin
resultados visibles, sin sancionar el despilfarro, sin cerrar la puerta a la
corrupción, es ABUSO.
Primero cocina, luego te doy ingredientes.
Primero produce, luego te pago.
Primero conduce, luego te pago la gasolina. Primero
-Estado- haces más fácil la vida de la empresa, bajas impuestos, eliminas
burocracia y barreras, me das servicios de calidad, después recaudas más.
Conclusiones: el problema no es solo técnico o
tributario. Es un problema de contrato social.
El contribuyente formal peruano siente —con razón— que
paga como país serio, recibe servicios de país precario, y además es tratado
como sospechoso permanente.
Y luego se preguntan por qué la informalidad no
retrocede. La discusión no debería ser: “¿Cómo subimos la presión fiscal?”
Sino: “¿Por qué alguien confiaría en darle más recursos a este Estado?”
Necesitamos candidatos valientes que planteen esto
claramente: hasta que el Perú no demuestre que puede gastar bien, que puede
castigar la corrupción y dar mejores servicios, primero: menos barreras, menos
planillas estatales, menos impuestos, menos gasto corriente. Esta es la fórmula.




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